Los dos años son una edad apasionante, cambiante, estresante y un poco desesperante para muchos padres y madres del mundo. 

Es un momento en el que los niños y niñas comienzan a ver que son personas diferentes a sus padres, que tienen poder para elegir cosas, que sus actos modifican el comportamiento de los demás y que también hay consecuencias cuando hacen cosas -cosa que hasta la fecha no había sido aún interpretada por ellos-. 

Los niños cometen errores, muchos. Los adultos también y los padres, también. El hecho de ser padre no te convierte en conocedor absoluto de la verdad y mucho menos de saber gestionar todos los momentos de la vida. 

Además, sabemos que esto de ser padres no es fácil porque, a nuestro ritmo de vida ya vertiginoso le añadimos el cuidado y la atención a un pequeño que dependerá de nosotros las 24 horas del día durante muchos años y eso es, sin duda, agotador. Pero no quiero irme por las ramas.

Mi hijo de dos años me pega, ¿por qué?

Hay niños -no todos ni a la misma vez porque cada uno tiene un proceso de maduración diferente- que, cuando quiere pedir algo o está enfadado o le hemos dicho algo que no le ha gustado nada -aunque sea algo tan típico como “nos vamos a casa”- se acercan a nosotros y nos pegan -o, al menos, lo intentan-. 

“¿Será que estoy criando a un tirano?”, “¿Es mi hijo un maleducado?”, “¿estoy consintiendo demasiado?”, “si esto es así ahora, ¿cómo será cuando tenga quince años?”, son preguntas que nos hacemos los padres y que tratamos de responder desde nuestro cerebro más racional y llevándolo hacia el lado personal como si nuestro hijo nos odiara profundamente y, de verdad, no es nada de eso. 

No, nuestro hijo no será ningún tirano y no, nos odia en absoluto. De hecho somos una de las personas a las que más quiere del mundo mundial. No, no es un maleducado y no, no le estas consintiendo. 

La respuesta es sencilla: tiene dos años -o tres o cuatro- y no sabe hacerlo de otra manera. Quiere mostrarte su enfado, su deseo de venganza, su frustración o deseo de atención por su parte y no sabe hacerlo de otra manera. Solamente es eso: no sabe hacerlo de forma diferente y respetuosa. 

¿Y qué hago cuando me pega?

No es sencillo porque nuestro cerebro puede interpretarlo como una agresión hacia nosotros y despertar a nuestro lado más primitivo, el que nos garantizará la supervivencia, e intentar defenderse -también puede paralizarse o huir-. No es lo más adecuado y por eso debemos tener el cerebro en modo racional para enfrentarnos a estas situaciones. 

Quizá esté cansado, quizá está enfadado o busca que lo atendamos y, como no lo consigue de otra forma, “prueba” dándonos un golpe. 

¿Es correcto? No. ¿Debemos permitirlo? No. Pero de ahí a devolverle el golpe, tampoco. Está aprendiendo y, como todo aprendizaje nos llevará invertir tiempo con él y mostrarle otras estrategias: llamarme por el nombre, pedirme un momento cuando acabe lo que estoy haciendo, pactar una palabra clave para que acuda, descargar mi enfado con un cojín, explicar que estoy muy enfadado o triste o abrumado por lo que ha pasado… 

¿Cómo gestionamos ese momento en el que nos pega?

Si podemos y lo vemos venir, lo idóneo es que no nos llegue a golpear, que sujetemos la manita con firmeza y cariño y le digamos que hay formas más respetuosas de mostrar esa emoción que está sintiendo. 

¿Cuesta? Mucho. Sobre todo porque estamos muy vinculados con nuestros hijos y nos afecta lo que nos hagan. Nos lo tomamos como un ataque personal. Y si estamos delante de familiares, amigos o en medio de un centro comercial con las atentas miradas enjuiciadoras de los demás, el cerebro se nos dispara. 

Crea una burbuja entre tu hijo y tú, no te preocupes por nada más, bastante tienes ahora entre manos. Aléjate si es necesario, respira y conecta con tu hijo. No lo estás haciendo mal. A todos nos ha pasado alguna vez y es muy duro, así que ponte las gafas de la compasión contigo mismo y con tu hijo. 

Te necesita. Cuando “se porta bien”, te necesita y cuando “se porta mal”, también. 

No te quedes en la parte que se ve, busca qué puede estar pasando dentro en la parte que no se ve y, a partir de ahí, piensa en qué habilidades quieres enseñarle en ese momento, cómo se resuelven las cosas, cómo se manifiesta el deseo de atención, los deseos de venganza, querer mandar e imponer tu criterio… seguro que encuentras una solución que sea respetuosa con tu hijo y contigo mismo. 

Hasta aquí el post de hoy, espero que te haya gustado y servido. No es fácil pero se puede educar con herramientas respetuosas para todos, mejorando la convivencia familiar y haciendo de este mundo un lugar mejor

Y si quieres que hablemos a nivel personal,

Un abrazo y gracias por estar ahí,

Y si quieres escuchar el artículo en audio, te lo dejo aquí mismo:

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