Cada vez somos más las familias que interiorizamos que no queremos educar a nuestros hijos con castigos, amenazas, gritos y chantajes, y que estos tienen consecuencias nefastas para ellos. La ciencia ya nos ha demostrado que los castigos no son métodos educativos eficaces a largo plazo y, aunque sabemos que no queremos hacerlo, a veces no sabemos cómo gestionar momentos complejos en la crianza y educación de nuestros pequeños. 

Pero, ¿qué podemos hacer para educar a nuestros hijos sin utilizar castigos?

En muchas ocasiones es un gran dilema porque tenemos una mochila de experiencias que nos llevan a repetir patrones que hemos vivido en nuestra infancia y que hemos interiorizado como la única opción para educar a nuestros hijos. 

Además, como no vivimos solos en el mundo, cuando intentamos educar a nuestros pequeños de una forma diferente siempre terminamos escuchando a algún familiar, amigo, vecino o “persona-que-pasa-por-la-calle” decirnos cosas del tipo “este niño te está tomando el pelo”, “ahora como sois modernos lo hacéis así, pero este niño pide a gritos un cachete”, “con dos en el culo se le iban todas las tonterías”, “este niño no te respeta, prepárate cuando tenga quince años”… frases lapidarias que nos hacen sentir inseguros y que nos planteemos si nuestra maternidad o paternidad la estamos asumiendo de forma responsable o estamos siendo muy permisivos con nuestros hijos… 

Así que ha llegado el momento de explicar varios conceptos que me gustaría que os ayudarán a elegir cuál es la forma en la que queréis educar a vuestros hijos, desde la información y no los prejuicios o las historias de nuestra infancia.

El castigo

Dice la RAE que el castigo es una pena que se impone a quien ha cometido un delito o una falta. Tendríamos que valorar qué es lo que hacen nuestros hijos para ver si esos castigos que en ocasiones se imponen son justos y obedecen a un quebrantamiento de la ley… 

Sabemos que los castigos, físicos o verbales, no son apropiados para educar a nuestros hijos porque lo que crean entre nosotros y nuestros pequeños es distancia, hostilidad, deseos de venganza… Además de que los castigos físicos y verbales no son respetuosos con los pequeños y dicen mucho de nosotros sobre cómo afrontamos los problemas y las soluciones.

¿Quién no ha experimentado en alguna ocasión un castigo por parte de algún educador (padres, profesores, abuelos, cuidadores…)? ¿Y qué sentíamos nosotros cuando nos dejaban sin salir un fin de semana por no haber recogido la habitación? ¿De verdad sentíamos que nuestros padres eran muy justos y que nos estaban dando un verdadera lección de organización de nuestro espacio en la casa? ¿O sentíamos deseos de huir, de tener nuestra propia casa para tenerla colocada a nuestro estilo y poder hacer lo que deseáramos?

Cuando un niño o una niña se comporta de una forma poco adecuada, tendríamos que ver qué se encuentra detrás de ese comportamiento, qué necesidad tiene que sólo ve como solución actuar así. Sé que no es sencillo, pero si averiguamos qué hay detrás podremos ver cómo ayudar a nuestro hijo que es lo que todos queremos hacer. 

Utilizar un castigo, aunque me duela decirlo, funciona. Si un niño está pegando a otro y lo mandamos castigado a un rincón, la conducta cesa, eso es cierto. Sin embargo, ¿cuánto dura? ¿nunca más va a pegar? ¿nunca más se va a “portar mal”?

Os contaré que hace unos meses mis hijos estaban saltando desde un banco en el parque junto con otros niños. Estaban con una monitora y ella consideró que mi segundo no debía saltar (imagino que tendría miedo a que se cayera y pudiera ocurrirle algo o a que el resto de niños pequeños se animara a hacer lo mismo). Así que decidió castigar al segundo sentándolo en el banco para que pensara. 

Cuando yo llegué me contaron que habían castigado al segundo y pregunté que qué había hecho para que lo castigaran. Me contaron que estaban saltando y él tuvo que sentarse a pensar. Yo le pregunté: “¿y qué has pensado?” A lo que me respondió “que la próxima vez saltaré cuando no me mire”. 

Ella consiguió que dejara de saltar desde el banco en ese momento pero no consiguió que la conducta cesara a lo largo del tiempo, por lo que no es efectivo a largo plazo.

Consecuencias, ¿naturales o lógicas?

Como muchas familias ya estamos eliminando el tema de castigos, hemos pasado a decir que “nosotros educamos con consecuencias” y hay que tener cuidado con este término porque, en ocasiones, sólo hemos cambiado de nombre pero son castigos encubiertos. Os contaré por qué.

En Disciplina Positiva hablamos de dos tipos de consecuencias: las consecuencias naturales o las consecuencias lógicas. 

Las consecuencias naturales son aquellas en las que experimentamos un hecho o acontecimiento a consecuencia de otro, sin hacer nada ya que no necesita nuestra intervención. 

Por ejemplo, si está lloviendo, no cogemos el paraguas y salimos a la calle, nos mojamos. Sin más. 

Otro ejemplo sería ir al parque en el mes de julio con botas de agua -este ejemplo lo he vivido en carnes propias y, sin duda, lo peor fueron las miradas de los adultos y alguno que me dijo que “qué tipo de madre era que permitía que mis hijos fueran con botas de agua en verano”-. Evidentemente no se podía estar mucho tiempo jugando con el calor del verano y las botas de agua, pero entendieron por qué se llaman botas de agua y cuándo hay que ponérselas. 

Las consecuencias naturales funcionan y nos hacen aprender de nuestros actos pero no siempre son útiles o eficaces. Por ejemplo, hay momentos que entre el acto y la consecuencia se necesita que pase mucho tiempo (piensa en el tema del cepillado de dientes) y ahí no son útiles porque nos arriesgamos a que nuestros hijos pierdan piezas dentales y no relacionen el hecho de no cepillarse los dientes con la caída de los dientes.

Las consecuencias lógicas son aquellas en las que se necesita la intervención de un adulto o de otros niños si lo vamos a aplicar en el aula. 

Para que sean consecuencias lógicas y no castigos, deberían cumplirse las 4Rs: relacionada, razonable, revelada con antelación y respetuosa. 

Por ejemplo, si un niño mancha una mesa porque se le cae un vaso de leche, lo lógico sería pedirle que lo limpie. 

De hecho, limpiar algo que has ensuciado está relacionado con el acto primero, así que estaría bien. Ahora bien, hay que hacerlo de forma respetuosa -sin culpar, avergonzar ni causando dolor al niño-, razonable -sin incluir coletillas del tipo “siempre haces lo mismo, estoy harta, eres un guarro” o pidiendo que limpie la mesa y toda la cocina- y revelada de antemano -es decir, todos debemos conocer las “reglas del juego”

Si se elimina alguna de las R, pues deja de ser una consecuencia lógica y pasa a convertirse en un castigo encubierto por una palabra que nos parece “más bonita”. 

Imaginemos que en nuestro trabajo, nuestro jefe nos pide que llevemos a cabo un trabajo importante y, aunque estamos esforzándonos mucho, cometemos un error. ¿Nos gustaría que nos dijera cosas como “torpe”, “mal trabajador”, “vago…? ¿Y si nos dijera que para enmendar nuestro fallo tenemos que trabajar tres meses sin cobrar, nos parecería una consecuencia lógica? ¿Y si nos despidiera por cometer ese fallo? ¡Igual le exigiríamos que nos indemnizara por daños morales! 

Pues con los niños pasa lo mismo pero como educar a nuestros hijos tiene un factor emocional muy grande y va acompañado por experiencias del pasado que están tan interioridades, es mejor no usar mucho las consecuencias lógicas. Sobre todo si detectamos que nos chirría lo que estamos diciendo, es mejor cerrar la boca, tomarnos un tiempo para pensar y reflexionar sobre el enfoque en soluciones que ahora os voy a contar. 

El enfoque en soluciones, la herramienta más eficaz para educar mejor

 Dice Jane Nelsen que

“¿de dónde hemos sacado la loca idea de que para que un niño se comporte mejor primero tenemos que hacer que se sienta peor?”

Y lleva más razón que un santo. 

Una consecuencia lógica tiene sentido si conseguimos reconducir a un niño hacia un comportamiento adecuado en el que sienta la conexión y pertenencia que ha perdido y necesita volver a localizar. 

Pero si lo empleamos para “imponer nuestra razón”, “demostrar nuestra autoridad” o que la gente y el niño vea “que nosotros somos los que mandamos”, estaremos ganando a los niños pero no ganándonos a los niños y sus actitudes no van a ser mejores porque se generará rencor, deseos de venganza, rebelión y resentimiento. 

Ahora bien, podemos usar la herramienta estrella en Disciplina Positiva y dejar de buscar culpables para encontrar soluciones con el enfoque en soluciones. 

Y es que la diferencia fundamental entre el enfoque en soluciones y las consecuencias lógicas es que dejamos de tener como norma que algo sea revelado con anticipación para que sea útil. 

Parece sencillo y, realmente, cuando en nuestra cabeza se ha producido el “clic” es mucho más fácil de hacer y de proceder porque implica que todos participamos en la búsqueda de soluciones, todos nos implicamos, entre todos decidimos y, por supuesto, el nivel de implicación es mucho mayor. 

Entonces, para el enfoque en soluciones necesitamos que se cumplan 3Rs y 1U: relacionada, respetuosa, razonable y útil.

Imaginemos que, como en el caso anterior, a un niño se le ha caído el vaso de leche. El enfoque en soluciones nos lleva a que se recoja ese líquido derramado sin entrar en juicios o buscar culpables, ayudando a nuestro hijo a que adquiera habilidades de vida que le servirán en el futuro (recoger y limpiar sirven, eso lo sabemos todos). 

¿Y podemos ayudar a nuestro hijo o debe hacerlo solo? Pues sinceramente yo no veo ningún problema en ayudar a una persona que ha sufrido un accidente con un vaso de leche. El problema viene de la mirada que tengamos hacia el acto en sí. Si pensamos que nuestro hijo ha tirado el vaso de leche para estropearnos la tarde, destrozar una taza o ponernos de los nervios, pues evidentemente no vamos a actuar de una forma respetuosa con él. 

Pero si vemos a nuestros hijos como personas que están aprendiendo y que necesitan de tiempo y práctica para conseguir perfeccionar sus habilidades, consideraremos que podemos ayudarles sin ningún problema, igual que ayudamos a una personas a la que se le derraman las naranjas cuando van a dejar la bolsa en el maletero de su coche. Y enseñamos, de forma natural, a ser amables con las personas, humildes, ver el error como una oportunidad de aprender, sentir compasión por los demás, empatía…

Espero que este post os sirva y os ayude a identificar los castigos, las consecuencias y el enfoque en soluciones. También me gustaría que pudierais ver qué opción educativa os gusta más y que vibre en vuestro corazón y en vuestra cabeza. 

Todo esto y mucho más lo vemos en los Talleres de Disciplina Positiva, ¿quieres participar en uno de nuestros ciclos?

¿Prefieres tratar un tema personal con una asesoría conmigo?

Un abrazo y gracias por estar aquí, 

Y si quieres escuchar el podcast, aquí lo tienes

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