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15 Jun 2016

¿Eres una madre tóxica?

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Las madres, a veces, tenemos un gran problema por nuestro afán de controlarlo todo y de proteger a nuestros hijos, siendo un auténtico calvario para nuestros hijos que, por un lado nos quieren, y por el otro, no saben cómo decirnos que los estamos asfixiando.

Sí, mujeres del mundo, no es la primera vez que me encuentro con adolescentes que se quejan de sus madres y me repiten que “no pueden más con ellas”. Controlan sus mensajes, sus llamadas, sus horas de estudio, las actividades que deben hacer, los amigos con los que deberían salir y relacionarse… Incluso hay casos en los que les dicen de quien –o de quién mejor no- deberían enamorarse.

Y no puede ser, evidentemente. Los hijos no son una prolongación de nosotras. Se sienten como una prolongación de las madres durante los nueve primeros meses (según dicen los antropólogos, periodo al que denominan exterogestación), a partir de ahí, comienza la autonomía e independencia progresiva, sin prisa pero sin pausa.

Cada paso en el camino que van dando nuestro hijos suele ir encaminado a que logre su libertad completa, con todo lo que lleva consigo ser libre: confianza en sí mismos, responsabilidad, criterio, desafíos, caídas, prepararse para el futuro, para su adultez.

¿Pero quién puede volar con alguien que está permanentemente preocupada por todo lo que haces, por la hora a la que vuelves, por si te pasa algo, por si no te pasa, por si te enamoras, por si no te enamoras, por si apruebas o si suspendes, y un largo etcétera? No, es imposible. La vida es un riesgo en sí misma. Cualquier decisión que tomamos (y tomamos cientos cada día) tiene consecuencias: desayunar leche o tomar zumo tendrá como consecuencia tener más sed o más hambre pasado un rato… Y este ejemplo es muy básico, pero es para que veáis que tomamos decisiones todo el tiempo. Cada acción en el camino nos hace ir girando y que nuestra vida tome otros caminos. No es malo decidir, al contrario, nos hace ser conscientes de que estamos vivos, de que podemos cambiar y podemos mejorar.

Pero nadie puede brillar con luz propia si es otra persona la que va eligiendo por ti. Y no es sano para nadie –ni para la madre ni para el hijo- que vayamos marcando continuamente el camino. Los hijos tienen que equivocarse o acertar por ellos mismos. No hay nada más satisfactorio que conseguir las cosas por tu esfuerzo, tu constancia, tu trabajo.

Dejemos que nuestros hijos vayan creciendo. Sigamos a su lado –debemos hacerlo-, disfrutemos de su crecimiento, acompañemos cada paso pero dejando que ellos sean los protagonistas de su vida. Les estaremos haciendo el regalo más grande.

Un abrazo y gracias por esta ahí

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