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26 Jul 2016

Queridos abuelos

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Quién tiene un abuelo tiene un tesoro, pero no siempre somos conscientes de la riqueza que supone para los niños y para sus padres tener un foco de sabiduría y calma en los hogares.

Es cierto que en muchas ocasiones tener a los abuelos cerca nos permite conciliar, tener ratos para pasar en pareja, poder practicar deporte o que nuestros pequeños puedan pasar algún rato en el parque y merendar mientras nosotros hacemos la compra a la salida del trabajo.

En otras, veo casos de intromisiones en la crianza que más que ayudar a los padres suponen auténticas torturas pero que con el paso de los años todo queda más diluido porque, a fin de cuentas, los niños se crían y la huella imborrable de la educación proporcionada por los padres queda latente.

Todos tendremos algún ejemplo en la memoria de lo que nuestros abuelos nos han permitido hacer –sobre todo aprovechando los periodos vacacionales, que suelen ser momentos en los que todos volvemos al pueblito bueno-. En la mía quedan cenas consecutivas llenas de huevos fritos con patatas que me hacían sonreír y disfrutar del verano. Podéis pensar que tendría el colesterol por las nubes y nada más lejos de la realidad: todo acompañado de jornadas de piscina, paseos por el campo y bicicleta hasta que se apagaba la plaza del pueblo hacía que volviera a mi casa fuerte como un roble.

También recuerdo cambios en la comida de última hora debido a las preferencias que mostraba hacia otros alimentos –tipo lentejas- que, a pesar de lo que decían las malas lenguas, sí volví a comer y, de hecho, ahora es una de mis comidas favoritas.

El tiempo y la dedicación que ponen los abuelos, esa calma a la hora de explicar las cosas más sencillas, la ilusión con la que viven esa otra mater-paternidad con menos responsabilidad quizá pero con las ganas de ver cómo evolucionan y crecen como si de auténticas florecillas se trataran.

Y es que ser abuelo es algo más que consentir, aunque para muchos sea lo único que hagan –o parezca que solo hacen eso-. Dedican tiempo, dan amor, dedican una exclusividad que muchos padres no tienen tiempo de hacer y disfrutan, disfrutan mucho con ellos, relajando la mirada y observando, siguiendo sus pasos –algo que a todos los niños les encanta- y escuchando cómo absorben información, cómo construyen conocimientos y cómo desarrollan su personalidad, desde la tranquilidad de saber, confiar y entender que todos los niños –o, al menos, en su mayoría- serán personas amables, educadas y con formación suficiente como para saber la diferencia entre el bien y el mal y ser felices.

Nos damos cuenta de lo que valen los abuelos cuando no los tenemos y, al pensar en ellos, recordamos esos momentos –a veces que parecían insignificantes- y que, sin embargo, nos hacen volver a sonreír de nuevo. Porque para los abuelos lo mejor es siempre para sus nietos y esos detalles quedan grabados en el corazón.

Así que ahora que estamos en verano y salimos más, no os olvidéis de ellos. Disfrutadlo y permitid que disfruten con los nietos, en la medida de lo que quieran/puedan los niños y los abuelos, claro. Pero coged la cámara de fotos y, sin que os vean, capturad momentos entre esas generaciones, veréis que fotos tan bonitas tendréis siempre.

Un abrazo y gracias por estar ahí,

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