Equivocarse es humano, pedir perdón es humilde

FECHA

¿Cuántas veces nos equivocamos al cabo del día? ¿Y al cabo de una vida? Son muchas las ocasiones en las que cometemos errores; unas veces por despistes o descuidos, otras de forma totalmente involuntaria, otras como efectos colaterales por estar obsesionados en conseguir un fin. Sea como sea, el problema no es equivocarse sino no aceptar que lo hemos hecho y saber disculparnos.

Hace unos días estábamos en una comida familiar cuando mi hijo mayor, en un alarde de libertad, risas y juegos, tiró sin mirar el palo con el que estaba jugando, con la puntería de darle en la cabeza a un familiar que estaba en la celebración. Todos nos quedamos un poco paralizados y enseguida salió alguna voz que le decía “no pasa nada”. Su padre y yo nos miramos y le dijimos que le había hecho daño a una persona por no pensar en las consecuencias de tirar un palo hacia atrás sin mirar. Son cosas que pueden ocurrir, sobre todo cuando tienes tres años y la puntería que suelen tener, pero era una oportunidad para que todos –y, sobre todo, él- aprendiéramos una lección. No consistía en hacerle llorar o hacerlo sentir culpable. Consistía en que entendiera que se había equivocado y debía disculparse con esa persona, empatizar con ella y ofrecerle su ayuda para intentar “restablecer” el orden.

El pequeño se acercó y le dijo que lo sentía y que había sido un accidente. El adulto, como es normal, le dijo que son cosas que pasan y que no estaba enfadado ni nada. Se interesó por el golpe y descubrimos que tenía un pequeño corte con sangre. Él le ofreció su bote de árnica.

No siempre es fácil aprovechar estos momentos, sobre todo porque suele haber mucha presión social cuando los niños no se comportan como adultos y claro, lo habitual es que se comporten como niños de la edad que tengan. En este caso, jugar con palos y piedras es lo normal, por edad. El hecho de tirar sin mirar hacia atrás ya era algo que le habíamos comentado sobre los peligros que conllevaba pero la experiencia es el mejor aprendizaje y, sintiéndolo por mi tío, seguro que Álvaro no olvida lo que pasó e intenta asegurarse de que no hay nadie detrás si quiere tirar objetos sin mirar.

El problema, como os dije al principio, no es que nos equivoquemos. Todos lo hacemos. Yo lo hago al cabo del día muchas veces. Puede ser una respuesta más seca o cortante, un gesto con la mirada que dice más que las palabras, una palabra que debía haberme tragado o una afirmación que luego resultó no ser tan cierta. Todos cometemos errores. Lo importante es asumir que nos equivocamos, responsabilizarnos con nuestros hechos o palabras e intentar solucionar el problema que hayamos creado.

Y en todo este proceso hay muchos aprendizajes y habilidades que podemos extraer: la humildad, la sinceridad, la honestidad, el amor a la verdad, el querer hacer bien las cosas, la solidaridad, la empatía… Equivocarse, como veis, no es malo. Espero que aprendamos a ver en los errores ocasiones para aprender entre todos.

Un abrazo y gracias por estar ahí,

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