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Sobre mí

Ely Molina

Soy maestra de educación infantil por vocación, madre de familia numerosa por decisión y formadora de familias de profesión.

Desde pequeñita, me fascinaba la educación y, como tantas otras niñas, quería ser profesora y enseñarles a mis alumnos a leer, a escribir, a sumar, a restar…

Pronto comencé a dar clases particulares y, con ellas, a conocer dificultades en el aprendizaje, desmotivación, estrés, nervios hacia los exámenes y presiones familiares; unidas a ganas de aprender de “otra” manera. Imaginación nunca me faltó y gracias al trabajo y esfuerzo de “mis chicos/as”, consiguieron aprobar esas asignaturas que no les dejaban tener unas vacaciones completas.

Compaginé mis estudios de magisterio con clases de gimnasia rítmica, inglés, sociales, matemáticas, naturales, lengua española, física y química… Con esta vorágine de actividades, pude estar cerca de niños pequeños, niños más grandes y adolescentes. Cada etapa tiene sus virtudes, pero a mí, los seis primeros años, me enamoraron como una loca.

Mi marido también se dedica al mundo de la educación en las etapas de secundaria y bachillerato; así que nuestras conversaciones (muchas de ellas) tienen que ver con el sistema educativo, con sus alumnos, hablamos sobre pedagogías alternativas, sobre nuevas formaciones para nosotros, nuevas formas de enseñar y aprender… Digamos que la educación está presente en nuestro día a día. Nos gusta, disfrutamos con ella y creemos que podemos aportar cosas siendo útiles a la sociedad.

Uno de los pilares de la educación, para mí, es la familia. Los padres tienen una importancia fundamental como primeros agentes educativos de sus hijos y es ahí donde creo que puedo ser útil para ellos: apoyando su tarea educativa, aportando recursos para afrontar sus problemas, poniendo serenidad y calma en momentos de estrés e incertidumbre.

Los educadores, en todas sus etapas, son otra pieza fundamental del puzzle de la educación. Sus experiencias, su labor docente y su trabajo continuo hacen que sienta una profunda admiración por mis compañeros en el aula.

Y los chicos y chicas, relevo generacional para nosotros, con sus inquietudes, ilusiones, ganas de conocer el mundo que les rodea, son un motor que hace que todo gire. También tienen sus momento de nervios, estrés y de malos días (como todos). A veces, es un reto continuo ayudarles a entenderse a sí mismos, pero esa es la vida misma.

Educar en calma nace como un proyecto profesional en el que aportaré mis conocimientos, mis experiencias (y las del equipo de profesores y padres que me rodean), para llevar a la educación el concepto de “slow life“; porque la educación en calma, dialogada, lleva más tiempo, pero es más efectiva que la educación impositiva. Porque el modelo de educación y de escuela está cambiando, y el conjunto de piezas de este puzzle del que os hablo, formado por padres, educadores y chicos, necesita recursos nuevos, nuevas formas de aprender y de aprehender.