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5 Jul 2016

¿Quieres hacer un buen regalo a un niño?

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Cuando queremos a las personas es muy frecuente y habitual que usemos los regalos como forma de demostrar que esa persona es importante para nosotros y que la apreciamos. Cuando tenemos hijos, nunca sabemos parar en esto de cogerles cositas para que vean lo importante que son para nosotros y lo mucho que valoramos su existencia en nuestra vida. Lo mismo les ocurre a los familiares y amigos con nuestros hijos, que tienden a demostrar el amor a golpe de juguetes o caprichos que no siempre van a ser valorados por ellos, bien porque tienen muchas cosas parecidas o bien porque son demasiado efímeras.

Por eso hoy os voy a invitar a regalar otro tipo de cosas que duran más allá del placer momentáneo que supone para todos abrir un paquete envuelto en papel de regalo. Me estoy refiriendo –y sé que muchos ya habréis dado con ello- a regalar experiencias. Sí, experiencias. Y no estoy pensando en las cajitas maravillosas que nos regalan en ocasiones para tener una cena en pareja o un masaje tailandés. Estoy pensando en experiencias reales para niños y jóvenes que durarán más allá de ese momento y que quedarán grabados en su memoria a pesar del paso del tiempo.

Hace unos días hablaba con mi marido sobre la importancia de los momentos de calidad con los niños, sobre la importancia de pasar tiempo con ellos y no solo el tiempo contado en horas sino en vivencias. Y con esta reflexión volví a mi infancia y recordé aquellos veranos en los que mis abuelos preparaban el bocadillo de Nocilla y nos íbamos en aquel Renault 5 amarillo al pueblo de al lado, al parque de aquel pueblito pequeño a merendar y pasar una tarde diferente. Recordaba a mi abuela enseñándome a coser punto de cruz. Esos momentos, a día de hoy, no están pagados con nada. Ninguna tablet, canción o película podría sustituir aquellos momentos compartidos entre mis abuelos y yo.

Y este tipo de experiencias son las realmente importantes para nosotros, las que nos hacen tener recuerdos bonitos y agradables con nuestros seres queridos. Mucho más que aquel juguete que nos regalaron y que era muy caro. Porque el valor de las cosas no está en su precio económico, sino en el precio sentimental.

¿Os imagináis si les regalamos un paseo por la naturaleza, sin prisas? ¿Un picnic en el parque una noche de verano? ¿Una visita a un museo? Es una forma de enseñarles a valorar cosas intangibles, pero que tienen valor en la medida en la que les estamos regalando tiempo –la única cosa que no vuelve- y quitamos peso a las cosas materiales, que nunca está de más, ¿verdad?

Un abrazo y gracias por estar ahí,

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