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17 Jun 2016

#Uncasoreal: Apostando por tus alumnos

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En muchos colegios, ya en esta fecha, se han terminado los exámenes y están a punto de comenzar las vacaciones. Hay cansancio acumulado, lo sé. Hay momentos en los que, como profesor, tienes que poner la balanza hacia un lado o hacia el otro. ¿Qué es lo correcto: evaluamos con la nota o evaluamos el proceso? La respuesta no es sencilla, por eso quiero reflexionar con vosotros sobre un caso real que ha llegado a mi buzón de correo.

No siempre es fácil tomar decisiones que implican a terceros. Evaluar, para los profesores, solo es sencillo cuando no hay dificultades, no hay problemas de comportamiento, no hay conflictos internos ni externos en la clase y los alumnos son modélicos. Como podéis imaginar, estas situaciones no se dan habitualmente.

Hay alumnos brillantes con independencia de la etapa en la que nos encontremos. Niños que son despiertos, vivos, educadores, reflexivos, con ganas de comerse el mundo y de aprender. Según pasan los años, sigue habiendo alumnos brillantes que les da igual estudiar historia, ético, matemáticas o latín, absorben más que aprenden y su ilusión por la vida se ve en sus ojos.

Hay otros alumnos que, sin ser brillantes en todo, se esfuerzan por sacar lo mejor de sí mismos en todas las asignaturas. Igual alguna de ellas les supera y les cuesta mucho sacarla adelante pero no cesan en su empeño. Es en estos casos en los que el profesorado jugará un papel importantísimo y definitivo.

A veces es una tontería la que no has terminado de comprender y si no te lo repiten hasta que tu cerebro lo capta, el alumno se queda sin poder continuar (o continuando con lagunas). En otras ocasiones es el trato del profesor que puede no ser del gusto del alumno o, más simple aún, que no haya feeling entre ellos. Pasa, porque estas cosas pasan. No le vamos a caer bien a todo el mundo ni todo el mundo nos caerá bien a nosotros. Habrá personas con las que desde el principio congeniaremos y otras que nos costará un poco más.

Personalmente, recuerdo perfectamente a mi profesora de historia de segundo de bachillerato como una cruz que llevé a cuestas durante el curso más duro de toda la etapa estudiantil. Entre la tensión por la PAU y el protagonismo excesivo de esta profesora y su asignatura, recuerdo que fue bastante incómodo porque nos ridiculizaba delante de otros compañeros, porque presumía de una exquisita educación cuando cometía atropellos con sus palabras y porque nos señalaba a los que no estábamos de acuerdo con ese tipo de insultos.

Para que os hagáis una idea, una mañana llegó diciendo que “los fontaneros eran todos unos ladrones”. Mi padre que ha sido y es fontanero –entre otras cosas- no es un ladrón y, después de estudiar lógica en filosofía, esa afirmación no se la iba a consentir, así que le dije que no estaba de acuerdo con sus palabras y que con ellas podía herir a muchas personas entre las que yo me encontraba. Sus únicas palabras fueron: “Molina tiene un cero, a ver cómo hace media ahora”.

Me tocó quejarme un poco, sí. Me tocó protestar ante la dirección del centro ante un comportamiento dictatorial en el que mi nota media –y mi futuro- se verían afectado por los caprichos de una mujer que, si bien, sabría mucho de historia, sabia poco de educación.

Por eso, cuando leo a profesores que, ante una nota no exacta y milimétrica, apuestan por sus alumnos, por enseñarles, por aprender de ellos, por valorar su actitud, su progresión durante el curso… ¡No puedo más que estar agradecida de contar con compañeros así! Vocacionales, con ganas de dar un buen servicio a los alumnos, a las familias, al país y contribuir a la mejora de la educación.

A fin de cuentas, somos personas y no máquinas. Valoremos a los alumnos como personas, teniendo presente su evolución, su esfuerzo, su trabajo. Si queremos cambiar el mundo, tendremos que evaluar también de otra forma, ¿no?

A ti, profesor/a, que me estás leyendo, gracias por ser un profesional en tu materia, con tus alumnos, con sus familias, con tus compañeros y contigo mismo. Gracias por ver más allá de una nota –lamentablemente, a veces, una nota hace que se tambaleen los sueños de los alumnos-.

Un abrazo y gracias por estar ahí

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